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La Eclesia de Naïka y un debut global del devenir

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Naïka no entra tanto en una habitación como la reúne, arrastrando voces, texturas e historias en una órbita compartida que se siente a la vez íntima y expansiva. Es la misma atracción gravitatoria que define la Iglesiasu álbum debut, y ahora su extensión global, el Eclesia Tour en gran parte agotado. Existe la sensación, escuchándola hablar y cantar, que este momento no es una culminación, sino un comienzo, uno de los cuales ha escrito deliberadamente, meticulosamente y, como ella subraya, totalmente en sus propios términos.

Naïka sobre la elaboración de una expresión viva de uno mismo

“Hola, ¿cómo estás?” río, a medio movimiento, alternando entre idiomas, personas y energías con facilidad. Incluso en los momentos intermedios: saludar a amigos, presentar a la familia, capturar recuerdos fugaces en su teléfono, Naïka revela el ethos que hay detrás. la Iglesia: conexión como práctica viva y respiratoria.

El álbum en sí no es simplemente una colección de canciones, sino una base: “mi álbum de debut”, dice, haciendo una pausa con intención, “Quería que fuera una introducción a quien soy (para) en el mundo”. Esta invitación resiste a una categorización ordenada. Se mueve por continentes y culturas, uniendo los ritmos haitianos, el lirismo francés y la elasticidad del pop contemporáneo. “Fue importante para mí representar todas las cosas distintas que me hacen ser quien soy”, explica.

“El álbum te hace viajar: encuentras a Haití en el Caribe, y una canción como ‘Soleil’ representa mi lado francés. Es sólo la mezcla de cosas que forman quien soy”. Mientras que canciones como ‘Barely Barely’ y ‘Ritual’ se inclinan hacia una exuberante instrumentación caribeña y una cadencia vocal más lenta y sensual, donde el ritmo y el deseo se entrelazan con una facilidad que se siente a la vez instintiva e intencionada.

Eclesia, distancia y forma de pertenencia al mundo de Naïka

Esa mezcla no es casual, sino que se vive profundamente. Nacido en la multiplicidad, Naïka no trata la identidad como una etiqueta estática sino como un paisaje en evolución. “El hogar está en otras personas”, dice, reflexionando sobre la red internacional de colaboradores que ayudaron a dar forma al álbum. “No necesariamente un sitio”. El proceso de producción, que abarca zonas horarias y continentes, no estuvo exento de roces. “Fue duro… ni siquiera te mentiré”, admite. Sin embargo, esa misma tensión se convirtió en parte de la textura del álbum, reforzando su tesis central: que la pertenencia es menos de resolución y más de movimiento.

Si Eclesia es una oferta, su recepción es igual de estratificada. Kiara, una fan multiétnica que compartió sus pensamientos por DM, explicó por qué la música de Naïka resuena tan profundamente con ella:

“Ser formas multiétnicas, no sólo por nuestro origen, sino por cómo nos percibe el mundo y cómo aprendemos a navegar por él. No somos monolíticos, incluso cuando compartimos las mismas etnias, las expresamos en variaciones completamente distintas. Ver artistas como Naïka, junto con iconos como Celia Cruz y Sade, se han recibido una identidad que se debe mostrar”.

El equilibrio de control y rendición en el proceso de Naïka

Si la Iglesia es un mapa, entonces Naïka es a la vez su arquitecto y su brújula. A diferencia de muchos artistas emergentes que dependen mucho de la dirección creativa externa, ella insiste en la inmersión total en su trabajo. “No soy sólo una intérprete”, dice claramente. “Todo… las imágenes, los vestidos, el sonido, éste es mi bebé. Este es mi arte”. Hay orgullo de esa propiedad, pero también conciencia de su peso. “Necesito aprender a dejar que la gente tome las riendas a veces”, añade, sonriendo.

Este sentido de autoría se extiende más allá de la música hacia la imagen, el estilo y la narración. La moda, para Naïka, no es ornamental, es ancestral. “Mi mayor inspiración es mi madre”, dice, con la voz suave. “Ella siempre hizo sus cosas… era muy única”. Afloran recuerdos de niñez: tardes en la tienda de su madre, vacaciones en Haití rodeadas de caracoles de tela en la tienda textil de sus abuelos. “Yo recortaba (material) y hacía pequeños trajes y hacía desfiles de moda para mi familia”, recuerda. Hoy, estos primeros rituales se hacen eco en su presencia escénica, en donde la ropa se convierte en otro lenguaje: fluido, expresivo y profundamente personal.

Su padre nunca está lejos de la órbita de todo, entrando tranquilamente en su vestuario antes de la hora del espectáculo para asegurarse de que su hija esté arraigada, preparada y atendida. Durante la actuación, se escapa más de una vez, mirando desde las alas con una sonrisa suave, en parte admiración, en parte instinto, como contempla el artista en el que se ha convertido.

El lenguaje emocional detrás del ascenso de Naïka

Sin embargo, bajo el alcance global y la ambición creativa, existe una corriente más tranquila y más introspectiva que recorre la obra de Naïka. Cuando se le pregunta cómo navega por las presiones del ascenso rápido, se gira hacia adentro. “Me grabo con mi hijo interior”, dice. “Cuando me siento ansioso o abrumado… cierro los ojos y conecto con ella, veo qué necesita”. Es una práctica que recientemente ha adoptado, pero que se ha convertido en fundamental. “Todos tenemos a nuestro hijo interior todavía dentro de nosotros… y eso merece ser comprobado”.

Esta alfabetización emocional, rara y ganada, la sitúa en una industria a menudo definida por la aceleración. Aunque describe su trayectoria profesional, existe un esfuerzo consciente por resistir la atracción del movimiento hacia adelante constante. “Creo que debo tomar el tiempo para darme cuenta”, admite. “Porque soy mucho como, ve, ve, ve”. Sin embargo, hay orgullo, ganado, no performativo. “Estoy orgulloso de haber podido llegar aquí con mis propios términos… aunque no pasó de un día a otro”.

Naïka y la fuerza silenciosa de la construcción sin un plano

Su viaje, que empezó con sus primeros lanzamientos como una portada haitiana reimaginada en el 2017, ha sido cualquier cosa menos lineal. Sin el apoyo de un sello importante, Naïka construyó su fundación de forma independiente, a menudo sin una hoja de ruta. “Nadie me extendió la mano”, dice con franqueza. “Realmente lo descubrí por mi cuenta”. Y, sin embargo, se apresura a replantear la narración, no como aislamiento, sino como creencia colectiva. “No quiero excluir a mi equipo… para mí lo son todo”, enfatiza. “No tenemos los grandes presupuestos… pero tenemos gente que cree lo suficiente como para arremangarse”.

Naïka y la misión viva de Eclesia

Este ethos —ingenio sobre exceso, intención sobre espectáculo— define ahora el Eclesia Tour, donde cada actuación se convierte en una extensión de la idea central del disco: reunirse. “Chicos, te quiero”, llama a un grupo que pasa, mitad en conversación, mitad en actuación. La línea se difumina fácilmente por ella.

Y quizá ésta sea la calidad más contundente de Naïka: su negativa a separar al artista de la persona, el escenario del mundo, el yo del colectivo. la Iglesia-una palabra que evoca asamblea, congregación, confluencia- se siente menos como un título y más como una declaración de misión.

“Sabía que iba a llegar hasta ese punto”, dice, reflexionando sobre su trayectoria, los ojos firmes. “Y, sé adónde quiero llevarlo”. Para Naïka, el viaje no es la llegada. Se trata de expansión: del sonido, del yo y de la propia pertenencia.

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