Al editor:
Escribimos desde el Programa de Educación Penitenciaria Big Ten, donde hemos trabajado durante una década para aumentar el acceso a la educación superior para personas encarceladas. Consideramos que la redacción del artículo, “La educación penitenciaria puede aumentar el riesgo de nuevo arresto por infracciones técnicas” (12 de enero de 2026) es engañosa y genera profundas preocupaciones sobre su impacto potencial en los estudiantes encarcelados y los programas de educación penitenciaria.
El artículo no reconoce décadas de evidencia sobre los beneficios de la educación penitenciaria. El título y el marco sugieren engañosamente que los programas universitarios aumentan la actividad criminal posterior a la liberación a nivel nacional. El estudio de Grinnell (un documento de trabajo inédito) se basa únicamente en datos recopilados en Iowa. Lo más conmovedor para los estudiantes encarcelados es que el título y los párrafos introductorios engañan al lector al implicar que la culpa por las violaciones artísticas y el nuevo encarcelamiento debe recaer en los propios individuos afectados por la justicia. En el artículo se incluye una interpretación estructural cuidadosa y matizada de los datos: según datos de Iowa, las personas encarceladas que cursan estudios universitarios pueden ser blanco injusto de las juntas de libertad condicional y otros órganos de toma de decisiones en el sistema penitenciario, lo que resulta en una mayor tasa de violaciones técnicas.
El impacto del marco engañoso del artículo puede ser devastador para los estudiantes universitarios encarcelados, especialmente en un clima donde los legisladores a menudo valoran ser “duros con el crimen”.
Reconocemos la importancia de que el periodismo cuente la historia completa y muchos de los hallazgos del estudio Grinnell pueden ser útiles para comprender los desafíos programáticos; Sin embargo, este mismo marco puede tener sus propias consecuencias no deseadas. El desfinanciamiento de Pell en 1994 provocó el colapso de la educación penitenciaria durante casi treinta años. Como resultado, Estados Unidos pasó de 772 programas de educación penitenciaria a ocho. Culpar a las personas encarceladas por fallas estructurales puede llevar a los colegios y universidades a retirar el apoyo a sus programas. Ya hemos visto programas (como la Universidad Estatal de Georgia) colapsar sin apoyo institucional, dejando a los estudiantes encarcelados sin acceso a la universidad. Esta amenaza física se ve amplificada aún más por las conclusiones prematuras del artículo sobre un campo que recientemente, a partir de 2022 con la reintegración de Bell, comenzó a reconstruirse.
En un mundo donde los estudiantes encarcelados se ven privados de su humanidad a diario, es nuestra obligación social colectiva presentar información sobre programas de humanización de manera responsable y justa. De lo contrario, corremos el riesgo de perjudicar la capacidad de los estudiantes emergentes –que sigue siendo frágil– para acceder a la educación superior.
















